RÍO ARRIBA – Malanga Fundación Cultural Internacional
Por Chechy Rosado
Directora y presentadora de RÍO ARRIBA
Malanga Fundación Cultural Internacional
Hay encuentros que comienzan con una entrevista, pero que terminan pareciéndose más a una conversación pendiente con nuestra propia memoria.Ya lo habia entrevistado en LO QUE DICE CHECHY, para MALANGA RADIO, y fue una conversación genial que nos trajo a este espacio porque cuando las historias son tan impactantes, merecen ser escuchadas nuevamente y darles la importancia que se merecen.
Eso me ocurrió al encontrarme con Martín Vejarano en RÍO ARRIBA, en el Hostal Barrio Abajo de Barranquilla aprovechando su paso por mi tierra; porque hablar con él de música es, inevitablemente, terminar hablando de Colombia, de los maestros que nos enseñan sin saber cuánto dejan en nosotros, de las tierras que llevamos aun cuando estamos lejos y de esa responsabilidad silenciosa que adquiere quien recibe una tradición y decide no guardársela para sí, sino llevarla hacia otros.
Martín es actor, músico, investigador y maestro, pero detrás de todas esas palabras hay una historia profundamente humana.
Nació en Bogotá, creció rodeado de arte y desde muy temprano encontró en la música un camino que con los años lo llevaría a relacionarse estrechamente con la gaita y con una de las tradiciones más poderosas de nuestro Caribe. Hoy vive en Nueva York, ciudad a la que llegó en 1999, pero hay algo que la distancia no consiguió mover de su lugar: su vínculo con Colombia y con esos sonidos que, de alguna manera, siguen hablándole desde la tierra donde aprendieron a nacer.
Quizás por eso quise comenzar nuestra conversación buscando al niño que todavía habita en el músico. Porque antes de hablar del hombre que hoy conoce escenarios, proyectos, investigación y enseñanza, quería encontrar ese instante en que la música dejó de ser una actividad para convertirse en una compañía de vida. 
Fotos Cortesia de Martin Vejarano
Todos tenemos un momento así, aunque no siempre podamos identificarlo. Un sonido que nos toca distinto, una persona que nos abre una puerta, una experiencia que nos hace comprender que aquello que estamos descubriendo tiene algo que ver con nosotros, paso por la percusion que le permito conocer matices y empoderarse en lo que seria su instrumento
Fotos Cortesia de Martin Vejarano
Su paso como actor fue significativa, participando en producciones muy reconocidas y recordadas por todos, Pequeños Gigantes, Clase Aparte, Conjunto Cerrado, Imaginate, Padres e Hijos entre otras , compartiendo set con artistas que fueron su inspiracion y que contribuyeron a su formacion artistica.
Fotos Cortesia de Martin Vejarano
En Martín, esa búsqueda terminó acercándolo a una tradición que con el tiempo dejaría de ser solamente una expresión musical para convertirse en una manera de comprender la identidad.
Y ahí aparece la gaita.
Cuando uno escucha a Martín hablar de ella, entiende que no estamos frente a un instrumento cualquiera. Hay una historia que se mete entre sus sonidos, una memoria que viene de mucho antes y que se hace presente cada vez que alguien decide aprenderla, tocarla y, sobre todo, respetarla. Porque la gaita no llegó sola a la vida de Martín; llegó acompañada de maestros, de territorios, de voces y de una tradición que ya había sido cuidada por muchas otras manos.
En su camino aparecen Los Gaiteros de San Jacinto y nombres como Fredy Arrieta, Toño García y Nicolás Hernández, hombres que para Martín representan mucho más que referentes musicales. Son parte de ese universo de maestros que le enseñaron desde la experiencia, desde la práctica y desde una manera de entender la música que ningún libro podría explicar completamente.
Y aquí es donde la historia comienza a tocarme especialmente, porque quienes trabajamos alrededor de la cultura sabemos que muchas veces el verdadero aprendizaje no ocurre en un aula. Ocurre mirando. Escuchando. Acompañando. Repitiendo. Equivocándose. Volviendo a intentar. Ocurre cuando un maestro permite que uno se acerque a su conocimiento y, sin darse cuenta, le entrega algo que probablemente llevará durante toda la vida.
Por eso quise preguntarle a Martín qué le enseñaron aquellos maestros que ningún conservatorio, ninguna universidad y ningún libro podían enseñarle. Y también quise llevarlo a un lugar todavía más íntimo: preguntarle por una frase, una mirada o un momento vivido con alguno de ellos que todavía conserve en el corazón. Porque cuando hablamos de patrimonio vivo no deberíamos hablar solamente de técnicas, repertorios o instrumentos; deberíamos hablar también de los afectos que hacen posible que una tradición sobreviva.
Toño García ocupa un lugar especial dentro de esa memoria. Martín ha dedicado trabajos a maestros que ya no están y El Duende fue dedicado precisamente a su memoria. Hay algo muy poderoso en ese gesto, porque cuando un músico decide volver sobre la obra y la memoria de un maestro que partió, está haciendo algo más que un homenaje: está diciendo que lo aprendido no terminó con la muerte de quien enseñó.
Una parte de ese maestro continúa viviendo en quien recibió su conocimiento.
Y quizá ahí está una de las preguntas más profundas que atraviesan la historia de Martín: ¿qué responsabilidad tiene una persona cuando recibe algo que pertenece a una historia mucho más grande que ella misma? Porque tocar una gaita puede aprenderse; cargar con la memoria que representa es otra cosa. Eso implica comprender que uno no es dueño de la tradición, sino parte de una cadena humana que comenzó mucho antes y que tendrá que continuar después.
Martín ha vivido esa experiencia también desde la distancia. Nueva York es su territorio cotidiano desde 1999, pero Colombia no parece haber quedado atrás. Y eso me resulta particularmente hermoso porque quienes somos del Caribe sabemos que uno puede irse de una tierra, pero hay cosas de esa tierra que se niegan a abandonarlo a uno. Se quedan en el oído, en las palabras, en los sabores, en la forma de mirar, en las canciones que aparecen inesperadamente y en esa nostalgia que no siempre duele, porque a veces también nos recuerda de dónde venimos.
¿Qué significa Colombia después de tantos años viviendo afuera? ¿Es un lugar, una memoria, una familia, una música, una nostalgia? Tal vez sea todo al mismo tiempo. Y cuando Martín hace sonar una gaita en Nueva York, quizás también está haciendo algo que los migrantes conocen muy bien: encontrar una manera de volver sin necesidad de tomar un avión.Porque la música puede ser una forma de regreso.
Pero hay algo todavía más significativo en su historia: Martín no se quedó solamente con interpretar aquello que recibió. Decidió enseñarlo. Y enseñar una tradición lejos de su territorio implica una responsabilidad enorme, porque no basta con enseñar cómo se produce un sonido. Hay que explicar de dónde viene, quiénes lo hicieron posible, qué territorio lo vio nacer y por qué merece ser respetado.
Cuando un joven en Nueva York toma una gaita , hay una oportunidad que va mucho más allá de enseñarle a tocar. Puede ser el comienzo de una relación con una cultura que quizá estaba muy lejos de su vida cotidiana. Por eso me parece tan importante preguntarle a Martín qué quisiera que ese joven aprendiera primero: si la técnica o la historia que existe detrás del instrumento.
Yo creo que allí está una de las formas más hermosas de preservar una cultura: conseguir que alguien que no nació dentro de ella quiera conocerla y, al conocerla, aprenda también a respetarla.
Y entonces aparece Magia Gaitera, ese nuevo camino que abre otra conversación necesaria sobre las tradiciones. Porque preservar no debería significar congelar. Una tradición que está viva también tiene derecho a respirar, a dialogar, a encontrarse con otros sonidos y a hacerse nuevas preguntas. Martín propone nuevas estructuras y repertorios y establece diálogos con otros ritmos del territorio, incluyendo expresiones relacionadas con la región del río Magdalena.
Pero transformar una tradición siempre implica caminar con cuidado. ¿Hasta dónde puede cambiar sin dejar de ser ella misma? ¿Qué pensarían aquellos maestros si pudieran escuchar lo que hoy está haciendo quien un día recibió de ellos una enseñanza? Son preguntas que no tienen respuestas fáciles y, precisamente por eso, vale la pena hacerlas.
Porque la cultura no crece cuando dejamos de preguntarnos por ella,crece cuando somos capaces de conversar con el pasado sin dejar de mirar hacia adelante.
Y quizás esa conversación se hizo todavía más profunda cuando Martín regresó a Colombia el 10 de enero para grabar El Cazador, la primera sesión de esta nueva serie. En ese momento quise dejar a un lado los micrófonos, la producción y las plataformas para preguntarle por el hombre que regresaba después de tantos años viviendo en Nueva York. Qué sintió. Qué olor reconoció. Qué sonido le dijo que estaba nuevamente en casa. Qué paisaje, qué persona o qué gaita pudo haberle despertado esa sensación tan difícil de explicar que todos conocemos cuando regresamos a un lugar que también vive dentro de nosotros.
Porque hay regresos que no necesitan explicarse demasiado. El cuerpo los reconoce antes que las palabras.
Y cuando comenzó a sonar El Cazador, seguramente no estaba sonando únicamente una pieza musical. Estaba sonando también una parte de ese camino que comenzó mucho antes, cuando un niño encontró en la música una posibilidad de vida y terminó convirtiéndose en un hombre que hoy intenta devolverle al mundo parte de aquello que recibió.
Eso es lo que más me interesa de Martín Vejarano: no solamente lo que ha hecho, sino la pregunta que parece acompañarlo.
¿Qué hacemos con aquello que nos fue entregado?
La respuesta puede ser una canción. Puede ser una investigación. Puede ser una clase. Puede ser un homenaje. Puede ser un proyecto como Magia Gaitera. Puede ser regresar a Colombia después de años y volver a grabar un sonido que alguna vez comenzó a formar parte de nuestra identidad.
Pero también puede ser algo mucho más sencillo y mucho más poderoso: enseñar a otro.
Porque al final, los músicos pasan. Los escenarios cambian. Las luces se apagan y las generaciones se suceden. Lo que permanece es aquello que alguien logró sembrar en otro ser humano. Y quizás ese sea el verdadero sentido de una tradición: que nunca pertenezca completamente a una sola persona, porque siempre está viajando de unas manos a otras, de una voz a otra, de una generación a la siguiente.
Martín recibió esa memoria de sus maestros. La llevó consigo hasta Nueva York. La ha investigado, la ha interpretado y la ha enseñado. Hoy intenta abrir nuevos caminos sin desprenderse de las raíces que lo llevaron hasta aquí. Y en ese tránsito hay una historia que nos pertenece a todos, porque habla de Colombia, de nuestros maestros, de nuestra música y de esa necesidad profundamente humana de no dejar desaparecer aquello que amamos.
Hay personas que llevan su tierra en los pies. Otras la llevan en la memoria. Y hay quienes consiguen llevarla en el sonido. Martín Vejarano parece haber escogido ese último camino.
Por eso esta conversación en RÍO ARRIBA no pretende solamente contarnos quién es un músico. Quiere acercarnos al hombre que aprendió de otros, que se fue lejos sin dejar atrás sus raíces y que ahora intenta responder, con música y con enseñanza, a una pregunta que quizás todos deberíamos hacernos alguna vez: ¿qué parte de lo que recibimos seremos capaces de dejarle a quienes vienen después?
Porque una gaita puede cruzar un océano, pero si quien la lleva conoce su historia, la raíz también viaja con ella.
Y mientras alguien esté dispuesto a escuchar, aprender, enseñar y respetar, esa memoria seguirá encontrando caminos.
Gracias Martin por tu sencillez, por tu buena onda y por permitirnos conocer un poco mas de tu gran trayectoria.
Esto es RÍO ARRIBA: historias que nacen de la tierra, voces que siguen remando y culturas que pueden cruzar fronteras sin olvidar jamás dónde comenzó su viaje.
Equipo
Malanga Fundación Cultural Internacional con Martin Vejarano.



