Chechy Rosado
MALANGA RADIO
El Caribe colombiano amaneció más silencioso este 19 de mayo. La partida de Totó La Momposina a los 85 años no representa únicamente la muerte de una artista: es la despedida de una mujer que convirtió la tradición en resistencia, la memoria en canto y el folclor en patrimonio universal.
La noticia fue confirmada por el Ministerio de Cultura, cerrando así un capítulo profundamente significativo dentro de la historia cultural de Colombia.
Pero hablar de Totó no puede hacerse desde la simple tristeza. Porque hay voces que no desaparecen. Voces que quedan suspendidas en el aire de los tambores, en el eco del bullerengue, en la cadencia de la cumbia y en la memoria emocional de un pueblo entero.
Totó fue más que una intérprete.
Fue territorio.
Fue raíz.
Fue Caribe.
Nacida en el corazón de la región momposina, creció rodeada por los sonidos ancestrales que luego dedicaría su vida a proteger y dignificar. Mientras muchos miraban hacia afuera buscando modernidad, ella entendió que el verdadero tesoro estaba en las entrañas de la tradición oral de los pueblos afroindígenas y campesinos de Colombia.
Y desde allí construyó una obra inmensa.
Su voz —fuerte, áspera, profundamente humana— recorrió el mundo llevando consigo los sonidos de una nación que durante décadas no había aprendido a valorar del todo la grandeza de sus propias raíces culturales. Cumbias, chalupas, mapalés, porros y bullerengues encontraron en Totó una guardiana feroz y amorosa.
Uno de los momentos más simbólicos de su trayectoria ocurrió en 1982, cuando acompañó a Gabriel García Márquez a Estocolmo durante la ceremonia del Premio Nobel de Literatura. Aquella escena no fue casual: mientras Gabo llevaba el realismo mágico escrito en palabras, Totó llevaba el realismo mágico cantado desde la piel del Caribe.
Y el mundo entendió entonces que Colombia también podía narrarse desde el tambor.
Durante los años noventa, su dimensión internacional creció aún más tras firmar con el sello Real World Records del músico británico Peter Gabriel. Bajo esa alianza nació La Candela Viva (1993), un álbum fundamental que permitió que canciones como El Pescador, La Verdolaga y Carmela cruzaran fronteras y encontraran nuevos públicos en Europa, América y otros territorios donde la música del Caribe colombiano comenzó a ser reconocida como una de las expresiones más poderosas del folclor latinoamericano.
Pero quizás lo más admirable de Totó fue su coherencia.
Nunca traicionó la raíz para buscar aceptación internacional.
Nunca suavizó el tambor para hacerlo comercial.
Nunca permitió que la tradición perdiera su verdad.
Su grandeza estuvo precisamente allí: en demostrar que lo auténtico también podía conquistar el mundo.
A lo largo de más de seis décadas de carrera, recibió múltiples reconocimientos, entre ellos el Grammy Latino a la Excelencia Musical en 2013. Sin embargo, el verdadero premio siempre estuvo en otro lugar: en haber preservado una memoria sonora que hoy sigue viva gracias a su trabajo incansable.
Las nuevas generaciones —incluso artistas urbanos y productores de música electrónica— encontraron inspiración en sus ritmos y samplearon fragmentos de su obra, entendiendo que en aquellas grabaciones existía una fuerza ancestral imposible de ignorar.
Desde 2022 se había retirado de los escenarios, y en los últimos meses permaneció alejada de la vida pública debido a complicaciones de salud. Según confirmó su hijo Marco Vinicio Oyaga, la artista falleció en México tras sufrir un infarto al miocardio.
Pero Totó no muere realmente.
Porque las mujeres como ella permanecen en el tiempo.
Permanecen cuando una tamborera canta en San Basilio de Palenque.
Cuando una niña aprende bullerengue en un patio de barrio.
Cuando una cumbia hace vibrar una plaza en cualquier rincón del mundo.
Cuando el Caribe vuelve a recordar que su identidad también se construye desde la resistencia cultural.
Hoy Colombia despide a una leyenda.
Y el tambor, seguramente, sonará distinto esta noche.
Chechy Rosado
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