Por Chechy Rosado | Malanga Radio
Hay algo profundamente hermoso en una fiesta que, además de preguntarse qué música quiere escuchar, empieza a preguntarse qué huella quiere dejar.
Porque cada concierto tiene sonidos, luces, escenarios, desplazamientos, equipos, artistas, productores, espectadores y una larga cadena de acciones que hacen posible ese instante en el que la música comienza a sonar. Y aunque pocas veces pensamos en ello mientras estamos frente a un escenario, todo lo que hacemos también tiene un impacto sobre el territorio.
Por eso resulta significativo que la Fiesta de la Música de la Alianza Francesa de Barranquilla haya decidido medir su huella de carbono.
No se trata de apagar la fiesta.Tampoco de convertir la cultura en una lista de prohibiciones.
Se trata, más bien, de algo mucho más interesante: aprender a celebrar de una manera cada vez más consciente.
La medición de la huella de carbono del evento contó con el acompañamiento técnico de la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (C.R.A.) y la participación de los diferentes actores vinculados a la realización de esta celebración musical.
Y aquí aparece una palabra que merece nuestra atención: medir. Porque aquello que se mide puede comprenderse. Y aquello que se comprende puede comenzar a transformarse.
La cultura también deja huella
Durante años hemos hablado de la cultura como un espacio de encuentro, de identidad y de construcción de ciudadanía. Pero hoy esa conversación necesita incorporar una pregunta adicional:
¿Cómo hacemos cultura sin dejar de cuidar el lugar donde la cultura sucede?
La Fiesta de la Música abre precisamente esa conversación.
Para la C.R.A., este ejercicio representa una oportunidad para extender las acciones de sostenibilidad y descarbonización que viene desarrollando desde 2024 con el sector industrial hacia otros escenarios del territorio, incluyendo ahora los eventos culturales.
Y ese traslado resulta especialmente importante. Porque la sostenibilidad no debería ser un asunto reservado exclusivamente para las fábricas, las empresas o las grandes industrias.También tiene que entrar en los teatros.
En los festivales, plazas, conciertos,fiestas populares. En cada escenario donde una comunidad se reúne para celebrar.
La cultura ocurre en territorios concretos y, por lo tanto, también tiene una responsabilidad con ellos.
No es una meta. Es el comienzo
Ayari Rojano Marín, subdirectora de Cambio Climático y Gestión del Riesgo de la C.R.A., plantea una idea que considero fundamental: la medición de la huella de carbono de la Fiesta de la Música no es un punto de llegada, sino el inicio de un proceso.
Y quizá allí esté la verdadera importancia de este ejercicio. No estamos hablando de declarar que un evento es “sostenible” porque realizó una medición. Estamos hablando de construir una línea de partida. De saber dónde estamos para poder preguntarnos hacia dónde queremos ir.
La medición permitirá establecer una línea base de los impactos ambientales asociados a la realización de la Fiesta de la Música y, a partir de ella, definir acciones de corto, mediano y largo plazo que permitan reducirlos progresivamente en futuras ediciones.
Violette Makhotine, directora de la Alianza Francesa de Barranquilla, destaca precisamente ese valor: conocer el impacto para poder tomar decisiones futuras. Y esto cambia la conversación.
Porque la sostenibilidad deja de ser un discurso bonito para convertirse en una práctica que puede observarse, evaluarse y mejorar.
Una fiesta que involucra a todos
Hay otra dimensión que me parece todavía más poderosa, la sostenibilidad de un evento cultural no depende únicamente de quien lo organiza.
Depende también de quienes producen, de los artistas, de los músicos, de los aliados, de los proveedores y, por supuesto, de quienes asistimos.
Beatriz Ferreira Tilano, de AtlantiCO2, lo resume desde una perspectiva que merece quedarse resonando:
“Todos generamos un impacto y la oportunidad está en lograr que, en futuras versiones, sea cada vez menor”.
Y esa frase nos devuelve una responsabilidad colectiva. Porque asistir a un concierto también es una manera de relacionarnos con el territorio.
Lo hacemos cuando llegamos al evento. Cuando consumimos. Cuando utilizamos determinados recursos.Cuando desechamos. Cuando nos movilizamos. Cuando decidimos qué hacer con aquello que queda después de la celebración.
La cultura, entonces, no termina cuando se apagan las luces. También continúa en las decisiones que tomamos después.
Barranquilla necesita estas conversaciones
Barranquilla es una ciudad que sabe celebrar.
Aquí la música no es un accesorio de la vida: es parte de nuestra manera de entenderla.
La calle, la plaza, el río, los barrios, el Carnaval, los festivales y los encuentros musicales forman parte de una identidad profundamente ligada a la celebración colectiva.
Por eso hablar de sostenibilidad desde la cultura no significa alejarnos de lo que somos. Todo lo contrario.
Significa preguntarnos cómo podemos proteger aquello que hace posible que nuestras celebraciones continúen.
- ¿Qué ciudad queremos dejarle a quienes vienen?
- ¿Qué territorio queremos que habiten nuestros artistas?
- ¿Qué escenarios queremos que encuentren las próximas generaciones?
- ¿Qué tan responsable puede ser una fiesta sin dejar de ser una fiesta?
Son preguntas que apenas comienzan a abrirse paso. Y quizá esa sea una de las mayores virtudes de iniciativas como esta.
Que la música siga sonando, pero de otra manera
La medición de la huella de carbono de la Fiesta de la Música no pretende ofrecer respuestas definitivas. Ofrece algo que, a veces, es mucho más valioso:
un punto de partida.
La C.R.A. continuará acompañando estos procesos con el propósito de que cada vez más actividades desarrolladas en el territorio incorporen criterios de sostenibilidad y contribuyan a construir un Atlántico con menor impacto ambiental.
Ojalá esta conversación siga creciendo. Ojalá llegue a otros festivales, a otros conciertos, a otras fiestas y a otros escenarios culturales.
Porque cuidar el planeta no significa dejar de celebrar. Significa aprender a celebrar mejor.
Y en un Caribe donde la música forma parte de nuestra memoria, nuestra identidad y nuestra manera de encontrarnos, quizás haya una nueva melodía que debemos comenzar a escuchar:
la de una cultura que celebra el presente sin olvidar el territorio que le permitirá celebrar el futuro.
Porque la música pasa. La fiesta termina. Pero la huella permanece.
Y si ya aprendimos a medirla, también podemos comenzar a transformarla.


