LA VANGUARDIA DE LA TRADICIÓN: CUANDO LA MEMORIA DEL CARIBE SE CONVIERTE EN LEGADO UNIVERSAL
Por Chechy Rosado | Malanga Radio
En el Caribe colombiano, la tradición no permanece inmóvil: respira en los cantos que acompañan las faenas de los pescadores, en los tambores que convocan a la comunidad, en los bailes que pasan de una generación a otra y en las voces que consiguen llevar la memoria de un territorio mucho más allá de sus fronteras. Sonia Bazanta Vides, Totó la Momposina, hizo de esa herencia una expresión artística capaz de dialogar con el mundo, recordándonos que preservar nuestras raíces también significa encontrar nuevas maneras de compartirlas. Ese legado adquiere una especial resonancia en el XVIII Congreso Internacional de Folclor CIOFF Colombia, que del 14 al 16 de octubre convocó en la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla a investigadores, artistas, gestores culturales, académicos y estudiantes para reflexionar sobre las memorias vivas y el futuro de las tradiciones.
Universidad Simon Bolivar David Briton, Lisandro Polo, Julio Adán, Carnaval de Barranquilla SAS.
Hay memorias que permanecen en los libros, otras que sobreviven en los archivos y algunas que se resisten a desaparecer porque encontraron una forma de alojarse en la vida cotidiana de los pueblos. En el Caribe colombiano, esa memoria tiene el sonido profundo de los tambores, el diálogo entre las voces de los cantadores, el movimiento de los cuerpos que conocen los ritmos de su territorio y la persistencia de quienes han comprendido que la cultura no es un adorno de la historia, sino una manera de reconocernos, de comprender de dónde venimos y de decidir qué queremos transmitir a quienes vienen detrás. En ese universo de conocimientos heredados, Sonia Bazanta Vides, conocida internacionalmente como Totó la Momposina, ocupa un lugar fundamental por haber llevado las expresiones musicales tradicionales del Caribe a escenarios internacionales sin desligarlas de los pueblos, los ritmos y las memorias que les dieron origen.
Su trayectoria permite comprender que la proyección internacional de una tradición no depende únicamente de su capacidad para llegar a nuevos públicos, sino también de la posibilidad de establecer un diálogo honesto entre el territorio de origen y los espacios que la reciben. Totó hizo de la música un lugar de encuentro entre herencias africanas, indígenas y europeas que forman parte de la historia cultural del Caribe colombiano, y convirtió el canto, la danza y la percusión en lenguajes capaces de comunicar experiencias colectivas que muchas veces no encuentran espacio suficiente en los relatos oficiales. Su trabajo artístico contribuyó a que manifestaciones profundamente vinculadas con la vida comunitaria fueran escuchadas en otros países, donde la denominación de world music abrió circuitos de circulación, aunque ninguna etiqueta comercial alcance por sí sola a explicar la complejidad histórica, social y espiritual de estas expresiones.
Para aproximarnos a la dimensión de su legado, es necesario volver la mirada hacia los territorios donde la música tradicional se construye a partir de la relación entre las personas, la naturaleza y las prácticas compartidas. El río Magdalena, con sus poblaciones ribereñas, sus oficios y sus intercambios culturales, constituye una referencia esencial para comprender buena parte de la identidad musical del Caribe interior. Allí, los sonidos no pueden separarse de la vida que los produce: los ritmos dialogan con las celebraciones, los cantos conservan experiencias colectivas y las danzas expresan una relación con el espacio que se aprende participando, observando y escuchando a quienes han sostenido esas prácticas durante décadas. Por eso, cuando una cantadora como Totó lleva estos repertorios a otros escenarios, no viaja solamente una interpretación musical; también circulan conocimientos, formas de sentir y maneras de comprender la pertenencia a una comunidad.
Su condición de mujer artista y portadora de una tradición adquiere, además, una relevancia particular en una historia cultural donde numerosas mujeres han sostenido la transmisión de cantos, bailes y saberes comunitarios sin recibir siempre el reconocimiento que merecen. La voz de Totó permite recordar a esas cantadoras que aprendieron escuchando a sus mayores, a las mujeres que han conservado repertorios transmitidos oralmente y a las comunidades que encuentran en la música una forma de continuidad. Su legado invita a mirar el folclor más allá de la exhibición escénica y a reconocerlo como un sistema vivo de conocimientos que involucra el cuerpo, la voz, la memoria, el territorio y las relaciones entre generaciones.
En Barranquilla, ciudad que ha hecho del encuentro entre expresiones culturales una de sus principales fortalezas, la presencia y la memoria de Totó también encuentran un espacio de reflexión. Su paso por escenarios como la Noche de Tambó y la Noche del Río en 2009, referido en el material que inspira este homenaje, nos permite volver sobre la importancia de estos encuentros para la circulación de la música tradicional y el acercamiento entre artistas, públicos y comunidades. Son espacios donde el folclor puede ser escuchado, bailado y compartido, pero también donde surge una pregunta indispensable: ¿qué hacemos con ese patrimonio después de que termina la presentación?, ¿cómo documentamos sus historias, reconocemos a sus portadores y garantizamos que las nuevas generaciones puedan acercarse a él con conocimiento y respeto?
Estas preguntas encuentran una conexión directa con el XVIII Congreso Internacional de Folclor CIOFF Colombia, que se desarrolló del 14 al 16 de octubre en la Universidad Simón Bolívar, bajo el impulso de la iniciativa cultural y académica Arte Caribe sin frontera, liderada por esta institución en alianza con el Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Folclor y Artes Tradicionales, CIOFF Colombia. El encuentro se propone fomentar la reflexión, la investigación y la difusión del folclor, además de promover el diálogo entre diferentes perspectivas y disciplinas. Para ello reúne a investigadores, gestores culturales, artistas, académicos y estudiantes interesados en comprender el lugar que ocupan las tradiciones en la sociedad contemporánea y las posibilidades de fortalecer su presencia en la vida cultural.
El propósito del Congreso queda expresado en una declaración que invita a pensar la tradición como una responsabilidad compartida:
“Escenario de diálogos con las memorias vivas y las tradiciones de los pueblos para reconocer nuestro pasado, ponderar el presente y visionar el futuro de la tradición”.
La formulación contiene una idea esencial para quienes trabajamos en la comunicación y la gestión cultural: reconocer el pasado no significa convertirlo en una imagen inmóvil, sino estudiar los procesos que lo hicieron posible; comprender el presente exige escuchar a sus protagonistas y atender las transformaciones de sus comunidades; y proyectar el futuro implica crear condiciones para que los saberes continúen transmitiéndose, se documenten con rigor y encuentren espacios dignos de circulación.
En este sentido, el diálogo entre la obra de Totó la Momposina y la reflexión académica sobre el folclor no consiste en convertir su nombre en un símbolo distante, sino en reconocer las preguntas que su trayectoria sigue planteando. ¿Cómo se protege una tradición cuando sus portadores envejecen y algunos de sus saberes corren el riesgo de perderse? ¿De qué manera pueden los investigadores y las instituciones acompañar a las comunidades sin sustituir sus voces? ¿Cómo se promueve la innovación artística sin desconocer los contextos históricos y culturales de los repertorios que sirven de inspiración? Y, sobre todo, ¿cómo se garantiza que las nuevas generaciones no conozcan el folclor únicamente como una representación para el escenario, sino también como una herencia que merece ser estudiada, practicada y comprendida?
La respuesta no puede depender de una sola institución ni recaer exclusivamente en los artistas que han dedicado su vida a preservar estas expresiones. Se requiere el compromiso de las universidades, los centros de investigación, las organizaciones culturales, los medios de comunicación, los festivales y las comunidades portadoras, con estrategias que permitan documentar las historias, reconocer a sus protagonistas y facilitar el encuentro entre el conocimiento académico y los saberes construidos desde la experiencia. El folclor necesita espacios de celebración, pero también procesos de investigación, archivos accesibles, oportunidades de formación y conversaciones capaces de explicar por qué una expresión cultural tiene sentido para el pueblo que la mantiene viva.
Desde mi mirada de mujer del Caribe y gestora cultural, considero que uno de los mayores aprendizajes que nos deja el legado de Totó la Momposina es la importancia de escuchar antes de interpretar, de acercarnos a las tradiciones con respeto y de comprender que detrás de cada ritmo existe una historia humana que merece ser contada. La música tradicional no surgió para responder a las exigencias de la industria ni para ajustarse a las categorías con las que el mercado organiza sus productos; nació y se transformó en comunidades concretas, a partir de encuentros, intercambios, celebraciones, trabajos cotidianos y experiencias que se transmitieron de una generación a otra. Cuando esa música llega a otros escenarios, su valor no reside únicamente en la ovación que recibe, sino también en la posibilidad de despertar interés por los territorios, las personas y los conocimientos que la hicieron posible.
Por eso, un congreso dedicado al folclor tiene la oportunidad de trascender la programación académica y convertirse en un lugar donde se reconozca que la cultura necesita tanto de la emoción como del pensamiento crítico. La emoción nos permite establecer vínculos con una canción, una danza o una historia; la investigación nos ayuda a comprender sus contextos, sus transformaciones y las responsabilidades que implica su salvaguardia. Ambas dimensiones son necesarias para que el patrimonio no se reduzca a una postal del pasado ni se utilice como una referencia decorativa de la identidad, sino que continúe participando en las conversaciones del presente y en la construcción de los futuros posibles.
Totó la Momposina nos deja una herencia que merece ser celebrada, pero también estudiada y transmitida con responsabilidad. Su nombre está ligado a la proyección de los sonidos del Caribe colombiano y a la posibilidad de que expresiones nacidas en comunidades específicas encuentren interlocutores en diferentes lugares del mundo. Honrar su memoria significa reconocer a las cantadoras, los músicos, los bailarines, los investigadores y los portadores que mantienen vivas las tradiciones; significa también escuchar a los jóvenes que se acercan a ellas, comprender sus preguntas y ofrecerles herramientas para que puedan continuar ese camino sin perder de vista sus raíces.
Desde Malanga Radio, celebramos estos escenarios que permiten reconocer el valor del patrimonio cultural y recordar que la memoria de un pueblo no se sostiene únicamente con homenajes, sino con acciones concretas de documentación, formación, circulación y acompañamiento a quienes la mantienen viva.
Gracias, Totó, por contribuir a que los sonidos del Caribe colombiano encontraran nuevos caminos para ser escuchados y por recordarnos que nuestras raíces pueden viajar por el mundo sin dejar de hablarnos de casa. Gracias a las cantadoras, a los tamboreros, a los bailadores y a las comunidades que continúan compartiendo sus conocimientos, incluso cuando el reconocimiento no llega con la misma fuerza que su trabajo. Y gracias a quienes, desde la academia y la gestión cultural, comprenden que salvaguardar la tradición exige escuchar a sus protagonistas y construir con ellos, no en su lugar.
Porque la memoria cultural no es una pieza que se guarda para impedir que el tiempo la toque; es una herencia que se cuida mientras se comparte, se estudia y se transmite. En esa tarea, la voz de Totó la Momposina continúa invitándonos a mirar hacia el origen, mientras el Congreso Internacional de Folclor nos recuerda la responsabilidad de pensar qué haremos con ese legado. El río sigue su curso y, con él, las historias del Caribe encuentran nuevas voces dispuestas a llevarlas río arriba.


